Después del final, Bernardita vino a recoger los pedacitos de mi que quedaron esparcidos por todo Santiago. Al principio sólo quería gritarle al mundo mi odio y llorar cual Magdalena en semana santa. La Bernardita me sacó ocho mil sonrisas (como le gusta decir a ella), como siempre y entre tantas conversación de las buenas se nos acabó la tarde. La llevé a tomar la micro y al regresar, me encontré un cigarrillo tirado en aquel pasaje que siempre solíamos recorrer, lo recogí y al encenderlo empezó a caer la lluvia.
Entonces, me senté en la vereda, mi cabello se tornó crespo y en mi cabeza sonaba mi canción favorita. Lucybell siempre me dará los mejores consejos, porque al regresar verás mi carnaval.
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