La Marisol me dijo que lo viera, que me haría bien. Me dijo que nos encontráramos como solemos hacerlo cada año.
Le dije que tal vez ya no me gustaba la idea de recordar lo que recordamos mil veces. Me dijo que fuera, que hablara, que tuviera pena, que llorara, que fumara, que me tomara un café, que caminara y que lo escuchara. Le pregunté si era necesario pasar por todo eso de nuevo. Me respondió que era el respiro triste que debíamos tener una vez al año.
Le dije que cual era el maldito afán por sentirse pésimo. Me dijo que servía para escuchar buenas canciones, bajar de peso y escribir bien.
Llamé a la Marisol y le conté que lo dejé esperando. Me confesó que esa siempre había sido la idea.
Le dije que ya no me importaba escribir bien. Me dijo que a ella tampoco le importaba ser flaca.
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