La primera vez que la vi vestía una falda roja, tan intensa como sus ojos y como ella, la combinaba con una sencilla polera blanca que la hacía parecer niña de 12 años. Reía, como lo hace a diario, junto con un joven que la acompañaba, le hablaba de la vida y le hacía compañía mientras llegaba la gente.
- Hola, Amelia.
- Hola, Bernarda, un gusto.
Inmediatamente pensé que las Bernardas no se conocen todos los días y menos en un lugar así. Era la primera clase del seminario de Charles Chaplin, no la había visto antes en la U, asi que supuse que era de otra carrera, año o que simplemente no debíamos toparnos antes.
Al rato apareció el, fue fácil percatarce de su llegada ya que, no había llegado mucha gente. Las dos lo miramos, sonreimos.
- Buenas tardes, su nombre.
- León.
- Apellido.
- Yocic.
- Ahhh, pero qué coincidencia igual que Amelia. Amelia Yocic, son hermanos, primos, jajajaja.
- Jajajaja, no, no es mi prima, ni nada. Es coincidencia.
Al final de esa clase, León se acercó a mi y me preguntó si yo era la tipa que salía con Fernando, su amigo. Asentí. Y así conversamos, intercambiamos un par de ideas de como salvar el mundo y decidimos marchar juntos a nuestras casas.
Pasaron un par de clases, hasta que pudieramos hablar con Bernarda. Ya era habitual sentarme con León y devolvernos juntos al metro. Pero ese día, llegué temprano y me senté sin querer al lado de ella. No sé como empezamos a hablar, incluso a los 2 segundos nos reimos como amigas de toda la vida. (Seguimos practicando aquella costumbre hasta el día de hoy)
Solíamos salir los 4, contando a Fernando. El tiempo pasó y quedamos 3, el amor no es mi fuerte y dejé a Fernando.
León y Bernada se convirtieron en mi todo.
Ella era especial. Saliamos y bailaba sola, bailaba enagenada. Brillaba por si sola. Cantaba perfectamente normal y reía hasta cuando volaba una mariposa. Teníamos gustos parecido, pero nada iguales. Nos derretiamos por Julian (el que tiene una casa blanca) y compartíamos secretos, que no sabiamos entre ambas.
Hasta que un día decidimos buscar recetas, pero no cualquiera, queríamos una para ser felices. Y fue lo peor que se nos ocurrió. Es que ser feliz no es algo que esté a la vuelta de la esquina ni que se encuentre por arte de magia.
Y no la encontramos, leímos todos los libros que pudimos y siempre eran 199 recetas, había algo que faltaba. Y Bernarda, mi Bernarda pelirroja, lloró. Lloró mucho. Lloró de pena. Lloró porque creía que no sería feliz. Sintió que eso era lo único que importaba, las recetas, sobre todo la número 200 que nunca tuvimos. Pero se equivocó.
Como me dijo el León, la receta número 200 no existe, porque no existe la que te haga ser feliz, uno simplemente lo es.
Por eso Bernarda no se dió cuenta que su vida, al igual que la mia y la de León, es una película y una de esas que son de culto.
Gracias a Dios, coincidimos-



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